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viernes, 29 de abril de 2011

Abril, poema de amor

Pasaron muchos calendarios
hasta que el tiempo se detuvo
para sentir el silencio, para enamorarnos,
ese mes, ese día,
ése en el que tú y yo despertamos
para comenzar a amarnos.

Y desperté de mi sueño hambriento de ti,
susurrándote versos mientras tú
aparecías a una nueva vida,
sintiendo mi mirada en la tuya,
invitándote mis ojos a saciarte de mí.

Antes te había amado muchas veces,
incluso mientras dormías,
te había llenado de mí,
amanecía pensando en volver a amarte,
y anochecía entre las copas de tus senos,
ebrio de caricias en un placer sin fin.

Me gusta el día para poder imaginarte,
para que mis labios resbalen por tu cuerpo,
para que todos mis sentidos se embriaguen
con el olor de cada poro de tu piel,
para refugiarme en tu boca,
y para hacerte el amor desde que
cae nuestra tarde hasta el anochecer.

Me gusta la noche para amarte,
hechizarme con el paraíso de tus ojos,
que sea tu cuerpo piano para mis dedos,
que mis manos exploren tus más íntimos deseos,
que los míos fluyan hasta el éxtasis,
hasta fundirnos en uno, hasta que el baile pare,
hasta que exhaustos llegue el amanecer.

Y dejar que la serpiente de tu deseo me devore,
mientras mi aliento te enloquece,
y mis dientes ya no lo son, sino colmillos,
y mis muslos son abrazo para los tuyos,
y tu vientre tempestad en la que mi barca
pierde el norte, y tu calidez remanso
para que mi agua impetuosa se calme.

Todo lo hemos hecho y todo lo haremos
mientras nos miramos a los ojos; acaso no
cuando me muestres tu espalda; quizás sí,
cuando trepemos viniendo de abajo...

Todo en Abril, un mes en el que nuestro destino
ya estaba escrito.

Gonzalo Otamendi

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