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lunes, 16 de mayo de 2011

Más que una oración, eres un nombre

Me gusta que seas enunciativa afirmativa,
que expreses que nuestro amor sucederá,
y que mudes a interrogativa directa
para preguntarme si sé que ya me amas,
para que sea imperativo
y que no lo dude jamás.
Me hace feliz verte exclamativa
cuando me dices ¡cada vez te deseo más!,
verbo transitivo con complemento directo,
y activa cada tarde para que la pasiva noche
deje de ser intransitiva cuando llegue la oscuridad.
Quiero que seas pronombre demostrativo,
en absoluto impersonal, reflexiva
para hablarme y recíproca en la intimidad.
Y me encanta que seas simple,
núcleo de mi predicado,
nada compleja, sencilla y, a veces,
irracional.
Sueño que seas unas veces preposición
para unirme a ti y, otras, locución para
que estés junto a mí;
y conjunción para acariciarte, aunque
no me especifiques la parte de tu piel
que es subordinada condicional
para suspirar por mis dedos y gemir.
Me gusta determinarte con mi boca,
que yo sea prótasis, si lo sé...,
y tú apódosis,...antes vengo,
circunstancial en tus penas
y condicional de tus sueños.
Y adjetivamente maravillosa,
tierna para el amor,
subjuntiva de mi cuerpo,
y perfecta en primera persona
para declinarnos, en plural, los dos.
Para qué servirían las letras y las oraciones,
los pronombres y la admiración,
si no fuera para formar tu nombre,
silabeártelo al oído,
deletrearlo con mis labios
y grabarlo en mi corazón.
Subráyame, mujer, qué nombre propio
tiene tu hombre,
si es sustantivo en tu vida,
gerundio en tu querer,
presente en tus latidos
y futuro en cada amanecer.

Gonzalo  Otamendi

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